Aquella tarde noche de febrero, el extraño aparato fue visto por varios testigos simultáneamente, apareciendo y desapareciendo entre las nubes del cielo de Madrid a velocidades de vértigo. Los bellos destellos de luz que el aparato emitía no dejaban a nadie indiferente. Su pista se perdía en el horizonte, dibujando una estela de perfectos círculos luminosos y, zigzagueando, como si su última intención fuera anunciar algún nuevo y esperado prodigio. De repente, desapareció de los cielos de la capital... como alma que lleva el diablo.

Años después... muchos años después... el relato que me contó aquel testigo... me dejó fascinado. Tenía que ver con dichas apariciones en aquel mes de febrero en los cielos de la capital, en el primer año de la década de los ochenta. Aún recuerdo el gesto de terror plasmado en su rostro, mientras relataba aquella excepcional experiencia. Su voz se quebraba al son del relato que, con sumo detalle, pormenorizaba, sobre la prodigiosa nave que había aterrizado sobre el césped, recien sembrado, de su cuidado jardín. Mi confidente, atenazado por el miedo y semi escondido como intentando preservar su integridad, solo pudo observar aquella fantástica maquinaria desde el ventanuco del desván de la casa. Me confesó... que, verdaderamente, estaba aterrorizado. 

Se sobresaltó en el momento que escuchó las seis campanadas que sonaban desde el enorme reloj que presidía las paredes de su desván. Giró su cabeza hacía él, solo logró ver el "fastuoso23 incrustado en el centro de aquel "cucu de pared", que tanto odiaba. Agazapado, siguió observando, no sin cierta angustia e incredulidad, por el angosto ventanuco del desván. Se frotó los ojos una vez más. No podía creer lo que veía, pudo comprobar, fehacientemente, como descendían de aquella enigmática nave unos 200 seres... verdes, recalcaba.

Uno de ellos, el que parecía más avezado, les instruia y ordenaba con gestos firmes y automatizados. No era capaz de entender aquellos enigmáticos sonidos que emanaban de lo más profundo del alma córpore de dicho ser, pero extrañamente, le recordaba los sufridos años de servicio militar en el campamento alavés de Araca. De repente, un sonido atronador, proveniente de la nave, se pudo escuchar dentro de la casa. Era producido por la apertura de una especie de enormes compuertas de aquella gigantesca maquinaria. Por su plataforma empezaron a desfilar unos vehículos que le resultaban sorprendentemente familiares. Por un momento recordó la extraña desaparición, días antes, de una flotilla de vehículos militares en un cuartel cercano. Por último, fue testigo de como aquellos seres, verdes, montaban ordenadamente en aquellos vehículos de aspecto más bien terrenal. Pudo observar, con curiosidad, como se dirigían dirección M30. Inmediatamente les perdió de vista. Sin perder un minuto buscó su radio portable. Con cierto nerviosismo comenzó a recorrer el dial de la vetusta, pero fiel acompañante de innumerables tardes de carrusel deportivo, aun así, no sin cierta dificultad, pudo sintonizar la Ser. Necesitaba escuchar alguna noticia sobre el suceso que acababa de acontecer. Emisora al oído por todo lo largo y ancho de su jardín, mientras observaba la señal marcada a fuego que atestiguaba la presencia de tan extraños visitantes, veinte minutos más tarde, con dramática inquietud, solo pudo escuchar: ¡Quieto todo el mundo! La invasión había comenzado.

Con todo mi respeto y agradecimiento a los grandísimos periodistas y comunicadores que ha dado nuestro país, profesionales que han sido pilar fundamental imprescindible para la construcción de nuestra actual sociedad en convivencia, armonía y libertad.

Y, también, a aquellos que con gran sentido del humor, entienden que los acontecimientos son lo que son, fueron lo que fueron y saben que los nuevos tiempos corren a nuestro favor con la seguridad de que podemos mirar hacia atrás con una sonrisa entre los labios, sin olvidar que somos lo que somos, gracias a  los acontecimientos acontecidos en nuestro pasado. Gracias Jordi. Gracias Iker. Gracias a todos.

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